
Andar por la orilla del mar. La orilla alegre de la vida. Aquellos pasos que se dan sin pensar. Solo andar como hacen los poetas cuando empiezan a llenar cuartillas de blanco satén. Un trovador que fue lírico en sus inicios, buscando a su amor, para declamarle una eterna rima que nunca dijo. Un rapsoda, un juglar fuera de su tiempo y época. La espuma de la propia existencia y la soledad que lo envolvía le hacia sonreír, incluso a veces, había hablado solo. Locura locuaz.
Un gramo de chifladura pasajera, ganada por el pulso de la emotividad. Sin prisas por volver sobre sus pasos o buscando un camino nuevo.
.-Que hora debe de ser?
A veces, se lo preguntaba para sus adentros. La respuesta en un mundo de soledades, estaba escrita en el suelo.

