viernes, 29 de junio de 2007

El embarcadero

El reloj del campanario marcaba las seis de la tarde. Todo el día había llovido con insistencia. Firme persistencia. Ahora, la calma parecía haber llegado. Algunos vecinos se apuraban para coger el mejor sitio en el embarcadero ante la nueva puesta del sol que se avecinaba. De todos los lugareños era sabido que cuanto más gris fuere el día, mas intensidad de colores se podrían vivir. Una gran nubarrada amenazaba con volver a descargar agua encima de sus cabezas, pero al otro lado de la bahía, empezaba a agrietarse el cielo. Sin duda, aunque lloviese, valdría la pena el espectáculo.
Llegaron los primeros, dos enamorados, seguidos de un jubilado. Luego dos amantes, por todos sabido que solo uno era divorciado. Otro hombre en paro y un adolescente. Don Pablo el clérigo del pueblo. También Matías el cantinero, que cerraba puntualmente de seis a siete. No falto el Sr. Antonio, director del periódico del pueblo.
Tampoco Laura, una joven adolescente que dejo de andar por correr en demasía. Y más personas y personajes iban llegando. Unos conocidos y otros anónimos, nuevos… expectantes.
Comentan en el bar que un seis de noviembre, paso el cortejo fúnebre delante del viejo muelle. El sacerdote, no se perdía ninguna puesta de sol. Así que paro la luctuosa comitiva. Incluso bajo la viuda a ver tal maravilla.
Mientras el sol se ponía… Don Pablo recitaba su homilía. Desde entonces, dicen las malas lenguas que el alma del difunto se acerca al arcaico muelle al atardecer, mientras la vieja campana de bronce llora seis lamentos.